Durante mi estadía en la estancia turca, logré absorber todo. Y, aunque no capté muchas cosas, quedé maravillado y totalmente extasiado. En una palabra: enamorado. Me enamoré de los paisajes, de las curvas y las contracurvas, de los caminos... Recuerdo dos: el de abajo y el que va por atrás; los recuerdo bastante bien, aunque creo que lo que más voy a extrañar van a ser las luces que iluminaban el costado de la ruta. Eran luces cálidas. Eran dos luceros brillantes. Pero, por cosas que pasan y tienen que pasar, la estadía tomó otro rumbo y tuve que salir. Lo peor de todo: salir por la fuerza, catalogado como "persona no grata". Agaché la cabeza y salí. Pedí un par de indicaciones y fui directo a la estación, donde estuve esperando y esperando... Esperé un buen rato hasta que llegó el tren. Ahora, estoy escribiendo desde uno de los vagones del tren, más precisamente en el camarote que me alquilé y debo decir que la condiciones de viaje son infrahumanas y desagradablemente preca...