“Ojalá te enamores”. Así reza una maldición árabe. O gitana. No sé bien. Lo cierto es que su origen es tan incierto como el del sujeto que, de pronto –y de la nada-, irrumpe en nuestra vida para desestabilizarla. “Ojalá te enamores”. Con toda la fuerza. La peor maldición. Más que un buen deseo, una sentencia mortal. El enamoramiento es un estado de desquicio. De idiotez absoluta. De descontrol de las funciones más elementales de la cotidianeidad. Nos volvemos estúpidos, no reflexionamos ni entramos en razones. Nos volvemos tontos. Dependientes. Perdemos los reflejos. Los síntomas son claros y espantosos. Y se manifiestan ante la sociedad cuando logramos mascullar la frase letal: “estoy enamorado”. Hay maneras de evitar que la enfermedad se vuelva irreversible. Una de ellas es estar alerta ante los siguientes síntomas: - Comenzamos a idealizar. Él se transforma en Dios. El ...
Mamá, ¿dónde vamos? Estamos caminando muy fuerte y me estas golpeando con la cartera. ¿Dónde estamos? Hace frío. Mirá, tengo los piecitos colorados y se me voló la capucha que tenia puesta. Ma, ¿por qué estas llorando? ¿Es porque ya es tarde? ¿Por eso? Tené cuidado, cruzaste la calle sin mirar si venían o no los autos. Esto no me gusta, quiero volver a casa. Estoy medio asustado y no entiendo por qué salimos de paseo a estas horas de la noche. Tenés la mirada rara, como si estuvieras enojada. ¿Mamá? Mamá, ¿dónde estás? ¿Estamos jugando a las escondidas? No me gusta jugar asi, menos a esta hora y en lugares que no conozco. ¡Mamá, no te veo! Salí y decime que estamos jugando, te dejo ganar. Este lugar no me gusta y siento frío en los pies; me puedo enfermar… Encima hay un olor horrible; la verdad que no entiendo nada. ¿Mamá sos vos? No, no sos vos. ¡Vos no sos mi mamá! ¡Mamá, volvé! Te prometo que me voy a portar bien, en serio. Me voy a quedar quietito, no voy a llorar, ni a gritar. Cua...